Es tan absurdo
que aturdes mis colores,
me conservas
manteniéndote al margen,
mi conciencia sobre este hecho
no alivia,
abrasa,
no funde,
quema.
domingo, 9 de octubre de 2011
La llanura
no conoce miradores.
El caballo se detiene agotado,
antes no había sueño,
su senda era clara,
no corría sobre charcos ni dunas,
desconocía la profundidad del desierto,
el desierto es una ciudad sin palabra.
Aquí no llueve
por eso las nubes tiemblan,
el caballo relincha,
acaba de ser alcanzado por una cortante nostalgia,
recuerda sentir esa suavidad de la hierba húmeda,
el rasgo de aquella tierra fértil,
la caricia de una vida distante pero tierna.
no conoce miradores.
El caballo se detiene agotado,
antes no había sueño,
su senda era clara,
no corría sobre charcos ni dunas,
desconocía la profundidad del desierto,
el desierto es una ciudad sin palabra.
Aquí no llueve
por eso las nubes tiemblan,
el caballo relincha,
acaba de ser alcanzado por una cortante nostalgia,
recuerda sentir esa suavidad de la hierba húmeda,
el rasgo de aquella tierra fértil,
la caricia de una vida distante pero tierna.
¿Qué hacer ahora que ya no soy más joven
si todavía no te he conocido?
Piedad Bonnett.
Desconozco la duración del ensueño,
solo sé que se vive de forma intensa y entrecortada,
me han descrito ciudades con acacias y fuertes muros,
tránsitos en el cuerpo de naturaleza esquiva,
y sobre todo, esa plenitud tan deslumbrante,
ese cuenco rebosante de sensaciones
de la que hablan los antiguos
¿dónde está?
¿en quién se esconde?
mi boca quiere una sugerencia,
el atisbo de un nombre,
alguna huella sobre esta piedra insondable,
un cerco en el camino de los que vagan sin estrella.
si todavía no te he conocido?
Piedad Bonnett.
Desconozco la duración del ensueño,
solo sé que se vive de forma intensa y entrecortada,
me han descrito ciudades con acacias y fuertes muros,
tránsitos en el cuerpo de naturaleza esquiva,
y sobre todo, esa plenitud tan deslumbrante,
ese cuenco rebosante de sensaciones
de la que hablan los antiguos
¿dónde está?
¿en quién se esconde?
mi boca quiere una sugerencia,
el atisbo de un nombre,
alguna huella sobre esta piedra insondable,
un cerco en el camino de los que vagan sin estrella.
Buscan el absoluto
y nada sabe saciar estas prolongadas carencias.
Son los ecos,
el estudiante que mira absorto
a través del ventanal,
la catedral es un gigante dormido
donde los pájaros crean su metrópolis
y hay arcos que juegan con la luz,
pero ella nunca despierta.
Desoye el rumor de la clase,
omitiendo la cascada de palabras muertas,
fuera de la persistencia del golpe,
junto a la mujer que cavila en la plaza,
frente a la capilla de San Sebastián.
Todos los miércoles huele a incienso,
pero esta tarde es un cuerpo reticente
y el chico no es observador,
solo pasa embriagado de imágenes
y presencias claroscuras.
La mujer,
desvalida ante el rechazo de la tierra,
su figura podría ser una escultura antigua,
nadie la dibuja,
por eso su mirada se hunde entre las piedras,
no sabe dónde cerrar los ojos
ni cuándo sentirse viva,
se vierte en llamadas telefónicas,
necesita un receptor,
tiene demasiados mensajes
que en estos surcos flotan.
La mansedumbre de la tarde
esconde reflejos de hielo,
el joven percibe la respiración difícil
de la mujer hermética,
su mármol turbio
representa este falso escalón
anterior a la seda.
Quizás sea la hora. Concluye la lección.
Sale. Baja las escaleras.
No está.
y nada sabe saciar estas prolongadas carencias.
Son los ecos,
el estudiante que mira absorto
a través del ventanal,
la catedral es un gigante dormido
donde los pájaros crean su metrópolis
y hay arcos que juegan con la luz,
pero ella nunca despierta.
Desoye el rumor de la clase,
omitiendo la cascada de palabras muertas,
fuera de la persistencia del golpe,
junto a la mujer que cavila en la plaza,
frente a la capilla de San Sebastián.
Todos los miércoles huele a incienso,
pero esta tarde es un cuerpo reticente
y el chico no es observador,
solo pasa embriagado de imágenes
y presencias claroscuras.
La mujer,
desvalida ante el rechazo de la tierra,
su figura podría ser una escultura antigua,
nadie la dibuja,
por eso su mirada se hunde entre las piedras,
no sabe dónde cerrar los ojos
ni cuándo sentirse viva,
se vierte en llamadas telefónicas,
necesita un receptor,
tiene demasiados mensajes
que en estos surcos flotan.
La mansedumbre de la tarde
esconde reflejos de hielo,
el joven percibe la respiración difícil
de la mujer hermética,
su mármol turbio
representa este falso escalón
anterior a la seda.
Quizás sea la hora. Concluye la lección.
Sale. Baja las escaleras.
No está.
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