jueves, 24 de marzo de 2016

Eres muy joven
para reconocer
esta certeza que te muerde las palabras:

Vivirás en un desierto sin nombre que nadie ve-pero todos perciben-.
No podrás huir:
Sus tormentas de arena
te perseguirán a lo largo y ancho del planeta.

El desierto no va  a abandonarte,
está instalado en el fondo de tu boca,
se vislumbra en el reflejo de tu mirar.

Escribir es tejer parches para coser el alma.
Los parches son eficaces hasta que acaban descosidos.
Esta palabra estéril expresa pero no ilumina.
Ahora solo vacío inexorable.
Se agostan las palabras al escribir,
se fatigan los pasos al andar
y todo se vierte en una espiral de carencias.

¿Qué has hecho con nosotros?

Desentrañábamos ciudades
como si fueran secretos celosamente guardados,
incendiábamos el cielo
con la luz de nuestros pasos,
arañábamos las tardes al sistema,
ensanchando el horizonte.

¿Qué nos has hecho?
¿Por qué ahora?
¿Por qué a nosotros?

Devuélvenos esa juventud que nos has arrancado de cuajo.





Bloques de hormigón
configuran su cuerpo.
Un corazón de litio
bombea sin pedir permiso.
La piel migratoria
refleja los cercos que lo acorralan.
Desenfundar la palabra
como el vaquero del Far West.
Solo que aquí el argumento no es tan simple,
no hay guion
ni hay balas
pero sí heridas,
heridas como flores yertas en primavera.

La resolución es el huracán en la taza de té -un amargo té negro sin miel-
turbio como la sangre de las yemas de tus dedos,
como el ataque de las agujas invisibles
que se te clavan en los brazos.

El jilguero llora
y el marinero decide
tapar el ojo de buey
para dejar de ver la costa.

Los viajes serán círculos de olvido
para desaparecer esporádicamente.
Fotografías impersonales para alejar
el sentimiento.

Y, mientras tanto, los engranajes del tiempo
siguen funcionando,
nada se detiene,
seguimos volviéndonos amarillos
como papel antiguo.

miércoles, 23 de marzo de 2016

No hay mejora
cuando todo se agrieta.
Han muerto los caballos,
estallan los cristales,
se deshace el cielo.
Las parcelas se confunden,
arenas movedizas
y arrugas donde hubo cálidos hoyuelos.
El cuerpo, esa cáscara traidora
a la que estamos sometidos
se retuerce
cuando el sufrimiento es el único leitmotiv.
Arrojar palabras de sosiego
que suenan huecas,
dejar de decir, de creer,
de pensar, de soñar.
A merced del temporal
se encharca la vida
impregnándolo todo
de un color verdoso

martes, 22 de marzo de 2016

Detenerse por completo.
Ni dolor ni consciencia
al abrigo del sueño
para paliar este deterioro
tan imparable y tan lento.

Repetición mientras
el cuerpo mengua
y los párpados exigen
el sueño.
Sueño por interrumpir
el eco agónico de la conciencia,
los susurros que fluyen como sangre
envenenada.
La habitación permanece cerrada,
las persianas bajadas.
Qué decir cuando se extingue lo decible. Estas bocas son pozos de agua estancada aunque ya nadie se de cuenta.
Lo terrible es real y no se puede ver ni pronunciar sin abrir cicatrices.
Su presencia debilita el color del cielo
y arranca las raíces de la sonrisa
que algún día esbozamos
pero ya nadie recuerda.
La infección está ya instalada
en estas pupilas sin brillo.
Palidece la vida
y no hay oficina en la que reclamar.