jueves, 18 de marzo de 2010

breve relato.

Él volvió a mirarla de soslayo. Ella no dijo nada, observaba la pared con tanta vehemencia que parecía desconchar aquellas piedras de color amarillo nostálgico. Llovía en el exterior y el té, humeante, seguía quemando sus labios. La primavera se descubría en los inseguros brotes de los árboles que dejaron atrás al dar otro de sus rutinarios paseos del mediodía. Los azucarillos seguían sobre la mesa, no iban a tomarlos. Él frunció el ceño, tenía la frente ligeramente arrugada. Ella jugueteaba inconsciente con su pelo rojizo como cuando era pequeña.

-¿Me lo dices en serio?

Ella asió la taza entre sus pequeñas manos y se la llevo a la boca para no responder inmediatamente. Fijó la vista en él. Sus pupilas eran un galimatías, laberintos escritos en una lengua inaprensible. Antes, todo era más fácil. Los acontecimientos fluían, sin más. Ahora, ahora todo se empantanaba, las palabras nunca dichas anidaban en sus gargantas y las conversaciones se diluían en chocolates insípidos. Su relación era cenagosa, una hoja seca en otoño, ya caduca, pero aún bella. Sintieron crujir sus besos contenidos y él se movió, incómodo. Su jersey de algodón había rozado la mesa, y el ruido le produjo una extraña sensación de dentera. El sol se filtraba a destiempo entre los nubarrones tiñendo la escena de color canela. Ella recordó un instante aquella fotografía tan cálida de aquel atardecer no tan lejano. Sonaba una canción tranquila, pero de vez en cuando, había saltos imprevistos y bemoles que enrarecían la melodía hasta volverla desasosegante. Los arpegios estaban deslavazados y caían sobre ella como pequeñas piedras de río.

-No tengo paraguas. Nos mojaremos.
-No me importa y a ti mucho tampoco-repuso él, impaciente.
-La verdad es que no demasiado.
- Estás eludiendo una interrogación directa.
-Dame mi tiempo, necesito un espacio¿vale?
-Tenemos clase en diez minutos.
- Ya lo sé, pero deberías respetar más las pausas y silencios.
Sin silencios, las palabras son solo golpes en el vacío.

Se acabó la canción. Él, apartó la vista. El té se había enfríado.

Finalmente, ella se mordió el labio, suspiró, y dijo las palabras clave, ni una más ni una menos.


-Sí. Me voy a la India.

Él calló.

-¿Vas a seguir huyendo de ti misma?


- No es huir. Se llama viajar. – dijo cortante.

- No puedes soportar una negativa ¿verdad? A ti nunca te han dicho que no.


Ella calló.

Dejo la taza sobre la mesa con un gesto grácil.

-Dime por qué debo quedarme.

-Para tomar té en bares anónimos conmigo.

Compartieron una sonrisa sin mediar palabra.

Salieron del bar.

Ella tenía clase de latín. Él, de alemán.

Se alejaron con dos besos en la mejilla y un hasta luego ambiguo.

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